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Dicen que son los más expertos, que saben mejor que nadie cómo preservar las tierras, las especies, y también que sus maneras ayudan a combatir el cambio climático. Son indígenas, los descendientes vivos de las comunidades que existieron antes de las colonizaciones: 370 millones de personas en 90 países, un 5% de la población mundial y toda una legión para preservar los bosques, los mismos que el ser humano está destruyendo a un ritmo equivalente a 50 campos de fútbol por minuto. Pero, a la hora de la verdad, los datos revelan que estas minorías están —que siguen estando— muy desprotegidas ante problemas que ponen en riesgo sus culturas, sus tradiciones y su misma supervivencia.

Las mujeres indígenas colombianas juegan un papel importante y dinamizador dentro de sus economías, culturas y organización comunitaria. De ellas brota la vida para constituirse en promotoras de los saberes de sus pueblos y constructoras de paz. 

Brasil es el hogar de la mayor cantidad de comunidades indígenas no contactadas en todo el mundo. Escondidos en las profundidades de la selva primigenia de la Amazonía, estos grupos representan la última frontera de una aparentemente inexorable conquista que comenzó con la llegada de los navegantes portugueses y españoles a las costas de Sudamérica a principios del siglo XVI.

“Tenemos que diferenciar a los indígenas de los vivos que usurpan terrenos”, dijo el senador Guillermo Pereyra. Se trata en el Senado una ley que prorroga por 18 meses la ley de relevamiento indígena que prohibe los desalojos de comunidades indígenas.

Viven en pequeñas comunidades, tratando de recuperar sus territorios y luchando contra las grandes mutinacionales. Estos son los grupos que corren mayor peligro en Sudamérica. Los países aquí citados han firmado el Convenio 169 de la Organización Mundial del Trabajo sobre pueblos indígenas, de 1989, así como también la Declaración de la ONU sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, de 2007.