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La otra mesa, denominada Descolonizando la mirada a partir del Abya Yala, tuvo la participación de Priscila Facina (Escuela Latinoamericana de Agroecología – Brasil), Ruth Bautista (Instituto para el Desarrollo Rural de Sudamérica – Bolivia) y José Angel Quingero Weir (Univesidad de Zulia - Venezuela), quienes compartieron la experiencia de la constitución comunitaria y emprendimiento agrocológico en asentamientos humanos en Brasil, las dificultades en la constitución de autonomías indígenas en Bolivia y la necesidad de restituir las comunidades en Venezuela, respectivamente.

La crítica y análisis que se abordó en el evento resultó valiosa para el público universitario en la Amazonía nordestina de Brasil. En esta oportunidad, queremos enfatizar una presentación que aporta al contexto sudamericano, José Angel Quingero Weir proviene de una rica etapa en la emergencia de la intelectualidad propiamente latinoamericana. Al ser profesor de letras, y además, apostar por la re-edificación de su identidad cultural y territorial como miembro del pueblo indígena añú, a la actualidad puede que tenga una de las voces más elocuentes para explicar la experiencia indígena en la constitución de los Estados nacionales, y por supuesto, en los gobiernos progresistas que han marcado las últimas décadas de Sudamérica.

No distante de los paradigmas actuales que tienen que ver con la crítica a la colonialidad, pero en términos y narrativas propias, Quintero Weir permitió a los asistentes y ponentes del Simposio, aproximarse a la cultura añú como uno de los muchos vértices existentes en Sudamérica y que permiten escapar del eurocentrismo y antropocentrismo, que vienen estableciendo diferencias, distancias y desencuentros durante siglos.

Según Quingero, los añú son gente del agua, una sociedad matrilineal que basa su cosmovisión en la madre tierra, la línea de las mujeres señala el territorio y el lugar de la existencia de cada sujeto. En esta cultura, que seguramente como en muchos pueblos puede afirmarse dentro de las nociones de sostenibilidad, no se tiene una preocupación por el futuro pues éste no existe, lo que no vemos está detrás de los ojos, y detrás nuestro está el pasado, por ello, “cuando no se sabe a dónde ir, hay que mirar el pasado”, aseveró Quintero, reiterando que la cultura y el territorio se ejercen desde el cuerpo y también desde la historia propia. Afirmó también que en el mundo “todos tienen un hacer”, cada persona, cada objeto está nombrado de acuerdo al hacer; entonces, todos son sujetos, que se comparten y se complementan. Explicó además que si bien esta noción de futuro no está presente en la cultura, por supuesto que es posible visualizar un “horizonte ético”, que cobra sentido no en el futuro sino en el cómo nos territorializamos como comunidades y pueblos. El horizonte ético, según Quintero, será posible en tanto volvamos a compartir certezas. Como enseñan los añú, una cosa es cierta y verdadera, en tanto sea compartida al menos por dos personas, pues “no hay verdades individuales”, entonces, “sólo se construye territorio en confianza”, “el sol no miente, sólo sale y hace”, “¿por qué mentir, si eres de la comunidad del mundo?”, reflexionó Quintero junto a los participantes del Simposio.

Estas nociones por restituir la comunidad, lograron de buena manera reunir las ideas que habían circulado en las dos jornadas. El conocimiento sobre los mecanismos de dominación y subordinación que emplea el modelo capitalista, así como los emprendimientos agroecológicos y las dificultades para visualizar la autonomía desde los territorios indígenas, remiten a experiencias disgregadas que deben reunirse para su fortalecimiento y la visualización de posibles vías de resguardar los bienes comunes de la naturaleza y también de los tejidos sociales en conflicto.

 

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